CUENTOS DE PRIMAVERA

CUENTOS DE PRIMAVERA

Yo te absuelvo

Por Mariana Victoria Fernández

3 de noviembre de 2021 08:11:00

Antes que nada quiero decirle, doña Amelia, que esta situación me tiene profundamente angustiado. Usted sabe los años que me hermanan con usted. La cantidad de encuentros familiares, fiestas y sacramentos que he celebrado para su familia y que me tienen comprometido en absoluto con ustedes. Con decirle que estamos sentados en esta mesa y siento que puedo ver a su madre en la silla de la cabecera que era su preferida.

No se entristezca, querida Amelia, yo sé que esta situación es extremadamente difícil pero déjeme decirle, con toda la autoridad que me otorgan mi fe en Cristo y los años que he servido fielmente a esta comunidad, que hice todo cuanto estuvo en mi poder para esclarecer esta situación.

Vine hasta aquí a esta hora de la noche, para poder hablar con tranquilidad. Vine hasta su casa, que siento propia también, para encontrarnos en la palabra, por mí y en nombre de mi Santa Iglesia. Quiero poner claridad sobre cualquier cosa que la haya ofendido. Pero puedo asegurarle que las cosas que se han dicho y lo que se ha sospechado del padre Aníbal no son ciertas.

Estamos en tiempos difíciles, querida hermana. Tiempos que me traen a la memoria aquellos que han tenido que padecer los primeros creyentes en nuestra fe. Hay muchísimos relatos que nos enseñan las dificultades que los que creyeron en la Iglesia padecieron una y otra vez. El testimonio de los Apóstoles, los discursos de Pedro, los signos que les acompañaban, la persecución de los judíos, el martirio de Esteban, la actividad misionera de Felipe. La Iglesia iba avanzando, perseguida, pero a la vez asistida por la fuerza del Espíritu del Resucitado.

Hoy siento, mi querida hermana, que estamos en tiempos similares. Pero lo único que puede salvarnos es la fuerza de la fé. La fuerza del espíritu de Jesús que nos ilumina la vida.

Usted es testigo de cómo esta comunidad ha sido ayudada y asistida durante años por la iglesia de San Juan, nuestra Iglesia. Usted sabe el esfuerzo que hemos hecho para sacar a los niños de las calles, para alejarlos de los flagelos de la droga y de la perdición que vive ahí, alimentada por el demonio que quiere corromper a nuestra juventud, a nuestros niños que son lo más preciado que tenemos.

Usted sabe incluso, mi querida Amelia, lo que he luchado yo personalmente por combatir los flagelos que la bebida hizo con su padre. Es testigo de todas las veces que asistí a su madre e incluso a usted misma ante esos momentos trágicos en que su padre se perdía en la bebida y no respondía por él mismo. Sé que lo recuerda porque siempre estuve ahí.

No llore, mi querida, no quiero crearle pesar. Le digo esto para que entienda que nunca, nunca jamás la iglesia de San Juan va a dejar de darle cobijo ni contención a su familia ni a ninguna familia del barrio.

A nosotros nos guía la luz de Cristo para hacer el bien. Usted lo sabe, Amelia. Lo sabe bien.

Lo que está ocurriendo no es más que otra prueba a nuestra fe. En este momento es cuando más tenemos que estar unidos, no dejar que el diablo entre en nuestras vidas.

Sabe bien que hay una campaña de desprestigio que se instaló de la mano de estas nuevas creencias que quieren quedarse con las almas y los bienes de la gente del barrio. No lo digo yo, Amelia, usted misma me ha contado que lo sabe de boca de los mismos vecinos. Es usted la que me ha contado que en esa nueva iglesia que funciona en el cine del barrio, Gonzalez ha perdido su casa a manos de los pastores. Que se han dejado seducir por las palabras fáciles de esos hombres que tienen dos caras. Ellos no son como nosotros, Amelia, ellos piden cosas a cambio de la salvación de las almas. Nosotros ayudamos a la gente de forma desinteresada.

Por supuesto que asiente con la cabeza, si es cierto Amelia. Usted lo sabe. Ahora yo le pregunto. ¿Cuándo desde nuestra iglesia le hemos pedido que nos firmara un papel para quedarnos con algo suyo?

¿No es cierto que incluso hemos ayudado a su marido a conseguir trabajo? Claro que sí, Amelia, ustedes lo saben bien. Saben que hasta hemos hecho colectas para enfrentar juntos las situaciones más difíciles que Dios ha puesto en su camino. Si. por supuesto que sí. No puede dejar de asentir, lo ve.

¿Cómo puede pensar que su hijo -un gran hombrecito, eso nadie lo duda- puede estar en lo cierto con estas afirmaciones?

Esta situación, no es más que otra prueba de fe que el Señor nos ha puesto en el camino. Y otra vez nos toca enfrentarla juntos, mi querida Amelia.

Y para que usted esté tranquila, vea la profunda responsabilidad que me une a su familia y de qué manera su preocupación es la mía propia, el padre Aníbal no va a desempeñarse más en nuestra capilla. ¿Está feliz con esta decisión que he tomado?

Y esta decisión es sumamente difícil para mí. Puedo asegurarle que el padre Aníbal era de gran ayuda para nuestra comunidad, incluso ayudó mucho en la búsqueda de trabajo para su marido.

Amelia, le tengo que confesar que me es tan dolorosa esta situación. Después de tantos años en la comunidad que los dichos de un pequeño que está confundido, vengan a empañar la profunda amistad y respeto que nos une y que incluso mancille el nombre de un sacerdote de Cristo, porque lamentablemente la investigación en la Iglesia seguirá su curso. El padre Aníbal deberá cargar con esto mucho tiempo.

Le puedo asegurar, querida Amelia, que si en algo la he ofendido puede expresarlo con toda la seguridad de ser escuchada por este padre que ha sido su confesor por años, no solo suyo, sino de su difunta madre (que en paz descanse) con quien teníamos una profunda amistad también.

Sinceramente, Amelia, creo que el niño ha malinterpretado alguna conducta del padre Aníbal. Usted lo sabe bien, mi querida. En todos estos años. ¿Cuándo ha sufrido algún problema en nuestra Santa Iglesia? Nunca. Por eso le digo, querida hermana. Reflexione, charle con el niño y verá que todo esto es una gran confusión.

Mariana Victoria Fernández. Nació en Villa Adelina, Gran Buenos Aires. Se recibió de Correctora Literaria y de Imprenta y Profesora en Letras y Ciencias de la Comunicación en el CONSUDEC. Cursó la licenciatura en Lengua y Literatura en la Universidad de La Matanza. Ha ejercido como docente del área durante 20 años en los niveles secundario, terciario y universitario. Escribe y fue publicada en diversas antologías. Es editora y miembro fundadora de la única editorial tresarroyense.

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